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Misery E. Blackheart {En progreso| 28%}

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Misery E. Blackheart {En progreso| 28%}

Mensaje por Misery E. Blackheart el Jue Nov 24, 2011 5:52 am




INFORMACIÓN PRINCIPAL
Nombre Completo: Misery Elisabeth Blackheart Evans.
Apodo: ¿Mi? ¿Sery?
Edad real y aparente: 17 años.
Fecha y lugar de nacimiento: Siete de Junio {Salem, Oregon, Estados Unidos}
Ocupación: Estudios.
Grupo: Humano-Misfits.



INFORMACIÓN PSICOLÓGICA & FÍSICA
PB: Mary Elle Fanning
Descripción Psicológica: {Mínimo 4 líneas.}
Gustos:
Disgustos:
Miedos o fobias:
Fortalezas:
Debilidades:
Manías:

INFORMACIÓN FAMILIAR
Familia:
Ethan Blackheart {Padre | Cuarenta y siete años | Músico}
Anne {Evans} Blackheart{Madre | Cuarenta y siete años | Artista}
Historia:
Cuando Ethan Blackheart conoció a Anne Evans lo único que pensó fue que su vida al fin estaba completa. Fue amor a primera vista como muchos dirían. En el momento que sus miradas se entrecruzaron por primera vez sus corazones latían cada vez más rápido: Como si Cupido al fin hubiera hecho bien su trabajo con la ayuda de Afrodita y todos esos dioses encargados del amor y ese tipo de cursilerías.

Se conocieron en una hermosa tarde de verano hace más de veintitantos años atrás, cuando apenas eran unos críos de no más de quince años, pero su atracción era ya un hecho desde su primer “hola” desde que la chica nueva, Anne Evans, había llegado a la academia de artes de New York, desde que el chico rebelde, Ethan Blackheart había clavado su mirada en la dulce Anne.

Su relación en un inicio fue hostil, ella no podía entender el comportamiento rebelde de Ethan y lo que era peor no podía entender porqué ese chico de malos modales y de baja reputación causaba una ráfaga de sentimientos inexplicables en todo su ser. Él a su vez no paraba de sorprenderse por la dulzura que emanaba la joven Evans y trataba de no mostrarse débil y de no perder la reputación de rebelde que se había ganado en esos años. Ambos sabían que entre ellos existía una notable atracción y ambos desean negarla al precio que fuera.

El destino se encargó de unirlos cada día más; trabajos, estudios, cambios, todos esos factores inconscientemente formaron una nueva relación entre ambos juntando sus destinos y haciéndolos prácticamente inseparables con el tiempo: No podía haber día en el que no estuvieran juntos, podían reír, pelear, discutir o hablar de las tareas escolares pero siempre juntos y entre risas que daban a notar lo fuerte de su ‘amistad’.
Para ese entonces profesores, compañero, amigos, familia y desconocidos, en fin todo el mundo que los viera juntos juraban que los chicos de dieciséis años ya eran pareja pero se equivocaban; Ethan y Anne sólo eran buenos amigos, casi hermanos, al menos eso era lo que ambos decían ser.

Fue a final de año, cuando Anne le tocó dar el discurso y los agradecimientos a nombre de sus compañeros hacia la escuela que los vio crecer, dónde ella se atrevió a dar el gran paso: “… En especial deseo agradecerle a Ethan Blackheart que sin su apoyo no estaría hoy aquí y además en frente de todos me gustaría preguntarle: ¿Ethan, quieres ser mi novio?” El joven pelirojo se sonrojó tanto que su cabello se confundía con su rostro: él planeaba pedirle a Anne ser su novia en la fiesta de graduación pero la perspicaz chica de cabello rubio se le había adelantado pidiéndoselo frente a toda su escuela.
Suspiros, aplausos, sonrisas y llantos se pudieron apreciar en el momento que Ethan sube al escenario para responderle a Anne; “sí, quiero ser tu novio, tu amigo, tu amante, tu compañero para toda la vida” Culminando sus palabras con un dulce beso en los labios de Anne. En ese momento todos estaban atónitos y felices; al fin había ocurrido lo inevitable, al fin, ambos jóvenes estaban juntos y lo aceptaban.

El tiempo pasó, ambos jóvenes siguieron juntos, estudiaron en la misma universidad aunque ambos distintas carreras, ella decidió estudiar arte para sí ser una reconocida pintora y él por su parte decidió estudiar música, su gran pasión.
Las cosas en sus años de universitarios marcharon bien, demasiado bien para ser reales. Los jóvenes compartían ese dulce amor adolescente e incondicional que sólo se ve una vez en muchos años, ambos sólo tenían ojos para ellos mismos, ninguno jamás había sido infiel ni siquiera con el pensamiento, ellos se dedicaban a innovar en su relación para que ésta no decayera, en fin, aquella relación parecía ser más un cuento de hadas que la misma tediosa realidad.
Pasaron años sin complicaciones, ellos eran la pareja ideal, el complemento perfecto, nada ni nadie pudo separarlos. A sus veintres años finalmente se casaron, se juraron amor eterno frente al Dios que adoraban decidieron vivir su propio “felices para siempre” junto a, al menos, dos hijos, ellos deseaban alcanzar la máxima felicidad y no pararían hasta encontrarla.

A los pocos meses que llevaban de casados la joven rubia se dio cuenta de que estaba embarazada; tenía antojos, mareos, nauseas y sentía que algo crecía lentamente en su interior; un lindo bebé sería el próximo integrante de la familia. La noticia conmovió a su esposo, al fin tendrían la familia que tanto habían deseado y ambos estaban más que felices preparando todo para el niño o niña que llegaría en menos de nueve meses.
Pero su felicidad fue efímera ya que perdió al pequeño Ethan cuando Anne sólo tenía cinco meses de embarazo.
El bebé había muerto antes de nacer y eso sumió a la dulce Anne en una gran depresión. Sus sueños quedaron destrozados y lo único que deseaba era la muerte y cuidar a su pequeño desde el más allá. Ethan, por su parte trataba de animar a su mujer diciéndole que no debía preocuparse, que el destino del pequeño no era nacer, que lo intentarían las veces que fueran necesarias y que si debían adoptar lo harían pero Anne no deseaba adoptar, ella quería tener a su hijo, su propio hijo, producto del amor que existía entre Ethan y ella. La mujer sólo deseaba sentir a su hijo por nueve meses dentro de su ser.

Dos meses después sin esperarlo volvió a quedar embarazada. Nuevamente la felicidad se hizo presente entre esos jóvenes amantes de ya veinticuatro años de edad. Nuevamente la vida les resultaba tal y como ellos deseaban que fuesen y para su propia sorpresa, serían gemelos los que llegarían a su hogar en los próximos seis meses. ¿Qué más podían pedir? Su vida era perfecta, tenían dinero, tenían amor y ahora al fin, tendrían esos hijos que tanto habían soñado. Ellos eran la familia que todos desearían tener y que muchos envidian.

Todo marchaba de maravilla, según los especialistas serían dos sanas niñitas que nacerían en perfectas condiciones: Lucy y Beth, así se llamarían pero el destino suele ser cruel con las personas que buscan la felicidad absoluta: Las pequeñas nacieron muertas, asfixiadas por aquel cordón umbilical que las unía a su madre por el mismo que las había alimentado más de ocho meses, irónicamente por lo que las ayudaba a vivir.
“¿Cuánto tiempo llevaban…?” Fue lo único que Anne Evans pudo decir antes de quebrar en llantos. “¿Muertas? Unas cuantas horas, si sólo hubieran llegado a tiempo, sus hijas estarían a su lado ahora” Mintió el médico a cargo, tratando de sonar tranquilo, él sabía que las gemelas llevaban ya más de veinticuatro horas muertas y el recuerdo de las gemelas lo artomentaba, de alguna forma le asustaba; ellas habían nacido –si es que a eso se le llama nacer– moradas, frías, sin respiración, sin siquiera una mínima esperanza de vida pero a la vez las niñas parecían dormidas, atentas como si de pequeñas y frágiles muñecas se trataran.

La tristeza volvió a formar parte del joven matrimonio, habían perdido otra vez lo que tanto habían anhelado: sus hijos. Ethan, Beth y Lucy no habían podido conocer el mundo, no alcanzaron a ver a sus padres, no alcanzaron a sentir la fría brisa del invierno recorriendo sus suaves rostros, ellos simplemente no alcanzaron a vivir.

Evans ya estaba harta de que sus planes se desmoronaran cada día, estaba harta de que la vida le arrebatara a esos angelitos que jamás pudo tener entre sus brazos. Envidiaba con todo su ser a esas familias que veía en el parque, a esas madres preocupadas por sus hijos, ella deseaba ser como ellas, cuidar de esos hijos que tanto deseaba tener. Ethan, por su parte siempre fue incondicional a su amada, jamás la abandonó, jamás le fue infiel. Ethan definitivamente amaba a Anne, la amaba con toda su alma.
Ethan le juró a Anne que no descansaría hasta poder darle el hijo que ambos tanto deseaban y así fue: Ethan le ofreció a Anne olvidarse de todo y de todos, mudarse de ciudad e iniciar una nueva vida huyendo de todos los problemas.

Así fue, a sus veinticinco años decidieron dejar la transcurrida y hermosa New York por algo más tranquilo: Salem, Oregon. Allí nadie los conocía, nadie sabía la verdad, salvo por los rumores de que la afamada artista Anne Evans había perdido a sus bebés y eso allí a nadie le importaba en lo más mínimo.
Ambos concluyeron que esa era la mejor decisión que habían podido tomar. Necesitaban vivir en un lugar tranquilo para empezar con su familia desde cero.

“Estoy embarazada” A las semanas de mudarse esa noticia salió a la luz. Nuevamente la esperanza se hacía presente entre ambos, esta vez todo saldría bien, todo tenía que salir bien.
Pero el destino suele ser muchas veces cruel, la felicidad nuevamente se vio opacada con la muerte del niño que esperaba, bastó sólo dar un mal paso para caer y rodar por la escalera, perdiendo al pequeño que se formaba en su interior hace sólo dos meses.
Después de un año ella volvió a embarazarse, este pequeño sólo vivió unas cuantas semanas en el útero de Anne, murió sin siquiera poder formarse bien, trágicamente el destino volvía a jugar con la vida del matrimonio Blackheart. Cada vez Anne estaba más distante pero Ethan aún así la amaba como el primer día pero debía admitir que odiaba el distanciamiento de su amada esposa y temía que el matrimonio se volviera una pesadilla.

A pesar de todo ambos seguían juntos quizás era porque se sentían culpables por la muerte de sus hijos o quizás era porque sólo conocían la rutina de la que eran prisioneros desde el primer momento en el que se vieron, de vez en cuando tenían sexo, sólo por rutina, manteniendo la vaga ilusión de traer un sano primogénito al mundo, sin problemas, sin preocupaciones.
De esas noches rutinarias en las que sólo satisfacían las necesidades de la carne sin sentir las mismas cosas que sintieron al inicio de su relación, Anne volvió a quedar embarazada a sus veintisiete años, sin desearlo, sin esperarlo. Aquella noticia hizo que el amor resucitara de sus cenizas como si fuera la misma ave fénix, ambos estaban decididos a cuidar y proteger al niño que nacería pero como era de esperar, algo pasó… Otra vez su hijo no pudo ver a sus padres, otra vez el niño murió en siendo un feto en formación.
Anne nuevamente cayó en la depresión sumida en la impotencia, la rabia y el dolor de no poder concebir un hijo vivo. Sus sentimientos quedaron plasmados en cada una de sus obras de arte; pinturas usualmente de fetos, de niños arrebatados de los brazos de su madre por la misma muerte, fetos cortados, muñecos rotos.
La mujer no podía soportar más aquella situación; Sabía que si se volvía embarazar terminaría por volverse loca. La pérdida de seis infantes en menos de seis años había sido suficiente sufrimiento en su vida. Esas muertes la habían deteriorado, habían sido las culpables de que el amor entre su esposo y ella sólo fuera una máscara ante el dolor que ambos sentían.
Pero a sus treinta años nuevamente resultó embarazada, al principio no lo creyó; pensó que era un vano invento de su imaginación para terminar de volverla loca. La noticia le cayó de sorpresa a ambos aunque esta vez no estaban seguros de cómo reaccionar. ”¡Estoy embarazada! ¿Puedes creerlo? Nuevamente embarazada Ethan… Tengo miedo…”Su voz se quebró lentamente, como si fuera una muñeca de cristal a la que acababan de botar. Él la abrazó y lloró junto a ella, como el niño que pierde su juguete favorito.

El tiempo pasó lento, tranquilo pero ninguno se sentía así, temían a que nuevamente el embarazo fuera un fracaso, temían que su hijo o hija muriera nuevamente en el vientre materno.
Los meses pasaron y nada cambiaba salvo el ser que crecía al interior de Anne una niña, una sana y fuerte pequeña. Todo estaba preparado para la llegada de la pequeña aunque sabían que lo más probable era que la chica no naciera.
Cuatro, cinco, seis meses, todo iba normal, la mujer no tenía síntomas de perdida, no había nada anormal en ella, todo parecía normal, extrañamente normal.
Al final del sexto mes las cosas se empezaron a complicar, el parto se debía adelantar si no deseaban perder a la pequeña que venía en camino. La mujer sintió los dolores de parto exactamente el séptimo día del séptimo mes y esos dolores sólo podían significar una cosa: el bebé nacería ese mismo día.
Mientras estaba dando a luz a su hija recordó su pasado, pensó en todo lo que había vivido hasta ese momento, pensó en su esposo, en su madre, en su familia y en eso recordó las palabras de una extraña gitana que le había visto el futuro cuando era una adolescente, “La felicidad es efímera, jamás la alcanzarás, vivirás en un espejismo sin salida. Siete hijos, sólo uno nacerá del vientre maldito. Será un bebé maldito, un muerto entre los vivos, un loco entre los cuerdos…” en ese momento, cuando escuchó por primera vez esas palabras no les dio mayor importancia según ella sólo era una charlatana en busca de dinero pero, en ese instante esas palabras resonaban en su mente podía imaginar a la mujer con una clara expresión de ‘te lo advertí’ en su arrugado rostro.
El parto se complicó, la joven había nacido casi asfixiada por su cordón umbilical, al igual que las gemelas pero esta vez, si se actuaba con precaución, la prematura podría sobrevivir. Los médicos hicieron todo lo posible para hacerla vivir, todo lo que estaba entre sus manos, Anne, por su parte encomendaba a la pequeña a las manos de Dios.
El débil llanto que brotó siete minutos después les dio a entender que había ocurrido un milagro, la pequeña sobrevivió, se encontraba débil pero había logrado aferrarse a la vida.
La mujer no sabía si era un sueño o si había muerto en el parto, no lograba creer que al fin su hija hubiera nacido, sana, viva, con un futuro por delante. Tomó a su bebé por los brazos, besó su frente y sonrió antes de caer profundamente dormida víctima del cansancio de traer un niño al mundo.
Acababa de despertar, aún se sentía débil y aún se encontraba bajo los efectos de la anestesia pero empezaba a escuchar todo con claridad.“No vivirá más de unos cuantos día si tiene suerte”¿Hablaban de su pequeña? No, no podía ser verdad debían hablar de otra niña…“Pero doctor haga algo”¿Esa era la voz de Ethan? ¿Qué significaba aquello? “Será imposible, la niña está débil, tiene problemas, vivirá conectada a máquinas no hay mayor esperanza a que sobreviva.” No, su hija no podía morir, no debía hacerlo. Apretó su puño con impotencia, quería hablar, quería decir que eso era mentira, que su hija se encontraba perfectamente bien, sana que no moriría, que no le permitirían que se la quitaran de sus brazos como lo habían hecho ya con sus seis hijos.
Volvió a sumirse en un profundo sueño deseando que todo lo escuchado fuera parte de un mal sueño, un mal sueño del que debía despertar antes de que fuera demasiado tarde.
Al tercer día pudo ver al fin a su pequeña niñita, a la chica que tenía tatuada la muerte en su frente, la pequeña que no viviría más de unas cuantas semanas en esa incubadora que la ayudaba a formarse.
Anne no podía tomar a su pequeña en sus brazos, lo único que podía hacer era verla tras el cristal en el que dependía su vida. La voz de su amado la sacó de sus pensamientos mientras besaba su frente“¿Qué haremos?” La respuesta era obvia ¿Qué más podían hacer con la niña? Esperar su muerte para darle sagrada sepultura junto a los demás bebés que habían perdido, mudarse de pueblo para así dejar atrás aquel maldito pasado para siempre. “La bautizaremos para que esté en la gracia del señor cuando muera… Se llamará Misery.”La mujer habló con desgana, sin la mayor emoción en su voz al nombrar a su hija tomando de forma monótona la mano de su esposo, el cual asintió sin objeción por el nombre que su esposa había elegido
Misery Un nombre apropiado para la chica, definitivamente. Miseria, desdicha, infelicidad, desgracia, infortunio todo aquello se unía en la mujer cuando nombró a su hija. La verdad eso era todo lo que esa pequeña bastarda le había traído a su vida ¿Por qué no había muerto como sus demás hermanos? ¿Por qué el señor la castigaba de esa forma? No lo comprendía y lo que era peor no deseaba hacerlo.

{* * *}

Fueron casi dos meses de infinita tortura para ambos los que pasaron al ver a su hija ahí, postrada en una incubadora con un futuro incierto, sin saber cuánto tiempo viviría hasta que al fin salieron de la incertidumbre gracias a los médicos a cargo de la infante ”Vivirá, será una pequeña normal, claro estará un poco débil pero será normal” Nuevamente la mujer creyó que los milagros existían que su pequeña Misery viviera era la prueba de eso. Que su esposo estuviera incondicionalmente a su lado también.
Datos extra:



Misery E. Blackheart

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Fecha de inscripción : 23/11/2011

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